domingo, 11 de diciembre de 2011

Los vecinos que tengo


Querida Virginia,

Este día comenzó muy temprano, a las 3.30 de la mañana recibimos una llamada de nuestros vecinos. Estaban entrando los granaderos por la avenida Luis Cabrera, una madrugada antes de la celebración "gudalupana" y unas horas después de celebrado el día de los derechos humanos.

Nunca había estado frente a una barricada de granaderos, había visto en fotografías y videos todas las ocasiones en que en la misma oscuridad y frío habían entrado a proteger el repticio paso de una construcción mal planeada, sin consenso legal, ambiental ni ciudadano: la Supervía poniente entre Santa Fé y San Jerónimo.

Llegamos una hora más tarde varios universitarios y amigos a ser testigos de esa escena que era más lúdica que de confrontación de fuerzas: nuestros vecinos cobijados por el frío, en el cruce de San Bernabé y Luis Cabrera, compartiendo café y vociferaciones con una centena de granaderos enfilados. quienes intentaban también sacudirse el frío y seguramente el sueño contenido. Y a sus espaldas un camión con su mezcladora llenando un socavón recientemente abierto, taladros agujereando el pavimento y una cortina de triplays escondiendo, lo que varias horas después descubriríamos, no era más que una avanzada en el terreno, o al menos nada que pareciera la ejecución certera de un proceso de construcción carretera.

La voz de una mujer detonaba el coro de los vecinos aporreados por el frío y el desvelo, con una imagen guadalupana pegada al pecho lanzaba oprobios como suelen lanzarse en una situación donde el sarcasmo es el único remedio para la necedad y el silencio del autoritarismo. Los camiones comenzaban a bajar de los cerros y algunos de ellos intentaban cruzar el cerco de granaderos tras escuchar a los vecinos gritarles "pásale, pásale, que no obstruyan tu derecho al paso", y esa imagen era desconcertante, los granaderos parecían considerar la posibilidad de quitarse ante los Ruta 111, o al menos despertaban de su vigilia de su tozudo engarrotamiento. Los sarcasmos referían al abuso del poder y a sus figuras más denigrantes: la fuerza del dinero sobre el interés público, la fuerza del granadero en contra del pueblo que paga impuestos y el descarado autonombramiento de alcalde verde, que el señor Ebrard se consiguió con poses y negando siempre la posibilidad del gobierno participativo que enarbola y oculta bajo el pan y el circo.

Recordé entonces algunas coplas de los corridos de Judith Reyes, que refieren al granadero y su turbada prole:

POR SER HIJO DE GRANADERO
VOY A LA ESCUELA Y SOY HUMILLANTE
POR SER ESTUDIANTE Y PERO
PUES EN MI CASA SOY INTRIGANTE,
ME ROMPEN DOS VECES DIARIAS
TODO EL HOCICO SIN USAR GUANTE,
EN LA ESCUELA LOS MUCHACHOS
Y ALLA MI CASA MI COMANDANTE.


Imaginé por unos instantes qué haría un día si entre mis estudiantes universitarios tuviera al hijo de un granadero, me pregunté cuál sería el resultado de que él o ella aprendiera a socializar el conocimiento científico y humanista. Cuántos de esos escudados y encapuchas habían sido universitarios o al menos truncos y cuántos tendrían hijos participando de la llamada "educación superior". Pensé que tal vez sería una historia de inicio feliz, "otro cantar" o una prometedora belleza.

¿Tendremos pronto la posibilidad de prescindir de la carne de cañón y tener un sólo tipo de armas en ese campo de batalla que es el acorralado terreno del espacio público y cívico? Llevan mis vecinos dos años buscando un diálogo y sólo intercambian saludos gentiles o empujones y oprobios con esos soldados del tal gobierno. Hemos padecido, ellos, los que están al frente de las barricadas, del autoritarismo; y el resto de la ciudadanía, por lo más desinformada, de un derecho pero también de la obligación civil de participar, al menos interrogando, de educarnos socialmente en la solidaridad horizontal que otorga la vecindad en su sentido más contingente. Pero sobre todo, nos han hecho creer que estamos divididos y somos ajenos de la semejanza. Y yo no vi eso esta madrugada. Estoy seguro que todos los días amanece y hay testigos y hambrientos, en los ojos y la carne entera, del despertar colectivo y personal de los vecinos de esta ciudad.

domingo, 22 de mayo de 2011

Vuelvo al sur

Querida Virginia:

Este mes regresé a la Universidad para iniciar de nuevo el módulo Conocimiento y sociedad, pero esta vez como profesor. No imaginaba este momento hace diez años cuando por primera vez lo cursé, tampoco hace ocho, cuando pudimos trabajar a tu lado en el CIBAC, con el ajolote de Xochimilco. No parece que hubiera pasado tanto tiempo desde que conocí tu entusiasmo por la investigación y la divulgación que se realizaba desde la UAM en favor del legendario ajolote. Aún recuerdo el timbre de tu voz, la franqueza en tus ojos y tu andar taciturno de salamandra .

Imagino a veces que habrás transmutado, como lo sugirió Cortázar. Te habrás quedado inmóvil por algunos minutos hasta quedarte dentro de los ojos sin párpados de los amos de la juventud eterna. Habrás vencido así el posible final y ganado una nueva forma de vida.

Deseo escribirte recurrentemente a partir de ahora. Sólo para contarte y no olvidarme del punto de partida, que eres tú y los Ambystomas. Quisiera mantenerte al tanto y pensar de vez en cuando que estarás (o no) de acuerdo con mis intentos experimentales. Casi sinceramente me resigno con alegría a continuar sin presenciar tu caracter duro y estricto que, alguna vez me dijeron, tenías; no por escapar de tu orientación y experiencia, sino porque así podré mantener esa imagen en que sonríes como sonríen los axolotl dentro del agua, cada vez que empiece a trabajar en lo que aún queda pendiente, en torno a la conservación en nuestro mundo de anfibios.