domingo, 22 de mayo de 2011

Vuelvo al sur

Querida Virginia:

Este mes regresé a la Universidad para iniciar de nuevo el módulo Conocimiento y sociedad, pero esta vez como profesor. No imaginaba este momento hace diez años cuando por primera vez lo cursé, tampoco hace ocho, cuando pudimos trabajar a tu lado en el CIBAC, con el ajolote de Xochimilco. No parece que hubiera pasado tanto tiempo desde que conocí tu entusiasmo por la investigación y la divulgación que se realizaba desde la UAM en favor del legendario ajolote. Aún recuerdo el timbre de tu voz, la franqueza en tus ojos y tu andar taciturno de salamandra .

Imagino a veces que habrás transmutado, como lo sugirió Cortázar. Te habrás quedado inmóvil por algunos minutos hasta quedarte dentro de los ojos sin párpados de los amos de la juventud eterna. Habrás vencido así el posible final y ganado una nueva forma de vida.

Deseo escribirte recurrentemente a partir de ahora. Sólo para contarte y no olvidarme del punto de partida, que eres tú y los Ambystomas. Quisiera mantenerte al tanto y pensar de vez en cuando que estarás (o no) de acuerdo con mis intentos experimentales. Casi sinceramente me resigno con alegría a continuar sin presenciar tu caracter duro y estricto que, alguna vez me dijeron, tenías; no por escapar de tu orientación y experiencia, sino porque así podré mantener esa imagen en que sonríes como sonríen los axolotl dentro del agua, cada vez que empiece a trabajar en lo que aún queda pendiente, en torno a la conservación en nuestro mundo de anfibios.